Tenía cinco años la primera vez que una historia vino a buscarme.

No la inventé.

La oí.

Vino del pasillo de la casa de mis padres, una mañana de verano, cuando yo todavía creía que las sábanas podían protegerte de cualquier cosa si te tapabas hasta la cabeza con suficiente convicción infantil.

Desde entonces escribo sobre esas grietas en lo cotidiano por donde se cuela algo que no siempre tiene nombre. Sobre voces que no deberían responder. Sobre casas donde lo invisible lleva años en silencio. Sobre personas que descubren, demasiado tarde o justo a tiempo, que la realidad no es tan firme ni tan segura como parece.

Soy Patty Page y escribo historias de suspense paranormal, misterio emocional y oscuridad íntima para lectoras que no buscan solo emocionarse, sino sentir que algo se mueve al otro lado de lo visible.

Porque algunas historias no se inventan.

Algunas historias vienen a buscarte.

Patty Page, escritora
flecha-asesoramiento

Antes de aquella voz, yo ya vivía inventando mundos.

 

Siempre supe que las historias estaban en todas partes.

En un piano de juguete que sonaba como el Carnegie Hall si yo quería. En unas piezas de madera que podían ser un bosque, una torre, un refugio o el lugar exacto donde alguien se escondía de algo que aún no sabía nombrar. En una caja de cartón que era, según el día, una nave espacial, una casa secreta o el escondite perfecto del mundo.


Mi mente nunca pidió permiso para inventar.


Funcionaba sola, a su ritmo, sin consultarme si me apetecía o no. Creaba historias sobre cualquier cosa: las interesantes, las absurdas, las que parecían no tener importancia y las que, sin saberlo, ya estaban llamando a una puerta que yo todavía no veía.

Yo las liberaba jugando.

Imaginando.

Viviendo dentro de ellas como si fueran lugares reales a los que podía volver cuando quisiera.

Lo que no sabía entonces es que algunas historias no esperan a que tú las inventes.

Algunas vienen primero.

Algunas llaman.

Y algunas, si te quedas lo bastante quieta, responden.

La mañana en que el pasillo respondió.

Tenía cinco años.

Era verano. Un sábado por la mañana en casa de mis padres, con ese calor quieto que tienen los veranos de la infancia antes de que algo ocurra.

Yo me despertaba siempre muy pronto. Lo habitual era levantarme, ir a la cama de mis padres y fastidiarles la mañana con el Veo Veo, como hacen los niños con vocación de despertador.

Pero ese día decidí ser generosa.

“No tan pronto, Patri. Ten un poco de compasión.”

Me quedé en la cama.

Me aburrí.

Y empecé a hablar con el pasillo.

Era un juego. Yo decía:

¿Quién es?

Y el eco me respondía:

Es… es… es…

Qué divertido. Qué inofensivo. Qué forma tan tonta y maravillosa de entretenerse cuando tienes cinco años y todavía no sabes que hay juegos que no deberías empezar.

No sé cuánto tiempo estuve con aquella tontería.

Lo suficiente para que, al otro lado del pasillo, ALGO perdiera la paciencia.

Y respondiera.

«Isabel muerta»

No era el eco.

No era un vecino que pasaba por el portal.

No era una voz confundida desde otra habitación.

Era una voz profunda, espectral, que venía del pasillo y no tenía eco alguno. Una voz que no debería haber estado ahí.

No me atreví a levantarme para cerrar la puerta.

Me tapé con la sábana hasta la cabeza, como si la tela pudiera protegerme de algo así, y no me moví hasta que mi madre vino horas después, extrañada de que siguiera en la cama.

Era verano.

Sudé lo que no está escrito.

No lo conté durante años. Era una cría de cinco años. ¿Quién se cree esas cosas?

Pero fue real.

Estaba completamente despierta. No había nadie más en pie en aquella casa.

Y esa voz vino del pasillo.

Ahora no la temo.

Creo que lleva en casa de mis padres más años que ellos.

Nunca nos ha hecho daño.

De hecho, hay momentos en que pienso que incluso nos ha protegido de cosas peores, aunque de vez en cuando tenga la costumbre bastante poco educada de parar los relojes de mi padre.

relojes detenidos en página de autora Patty Page

Todos a la vez.

Detenidos en el mismo instante.

Sin explicación.

En casa siempre hemos tenido esa relación con lo que no se ve. Mi madre lo llamaba de otra manera, pero la idea era la misma: hay cosas que están ahí aunque no las invites, aunque no las busques, aunque prefieras no tratar con ellas.

Y quizá por eso acabé escribiendo sobre lo invisible.

No como espectáculo.

No como un puñado de trucos o técnicas.

Ni para provocar sustos.

Sino como una presencia que altera lo cotidiano. Como una puerta cerrada que no recuerdas haber cerrado. Como una casa que parece guardar memoria de todo lo que ocurrido en su interior. Como esas grietas mínimas en una acera, una mañana cualquiera, donde a veces brota un diente de león.

No escribo sobre el miedo. 

 

Esto es lo que escribo.

Historias donde la luz y la oscuridad tienen vida propia.

Donde algo que no debería estar ahí lleva años en el pasillo.

Donde una voz puede cambiar para siempre la mañana de una niña de cinco años.

No escribo sobre el miedo en sí.

Escribo sobre lo que ocurre justo antes.

Esa fractura en lo real donde algo se mueve y tú todavía no sabes si deberías preocuparte. Ese instante en que una casa deja de parecer una casa. En que una sombra se confunde con otra cosa. En que una presencia se insinúa sin mostrarse del todo.

Me interesan las historias donde el misterio toca una herida. Donde lo paranormal no adorna la trama, sino que revela algo de los personajes. Donde cada secreto tiene un precio, y lo no dicho tiene consecuencias. Donde cada descubrimiento deja una huella.

Me dejo la piel en cada palabra.

No de manera metafórica.

Bueno, también.

Pero sobre todo porque no sé escribir de otra manera. Porque estas historias no las invento del todo.

Las reconozco.

Si tú también has sentido que algo no encajaba, quizá ya sabes por qué estás aquí.

 

 

Tal vez a ti también te ha pasado.

No exactamente lo mismo, quizá.

Pero sí esa sensación.

La de entrar en una habitación y notar que algo ha cambiado, aunque todo siga en su sitio. La de escuchar un ruido pequeño en una casa dormida y quedarte quieta, conteniendo la respiración. La de recordar algo que preferirías no contar porque, en cuanto lo dices en voz alta, parece imposible.

Quizá una vez percibiste algo.

Quizá decidiste no contárselo a nadie.

Porque ¿quién se cree esas cosas?

Yo sí.

O al menos sé que hay historias que empiezan justo ahí: en lo que no sabemos explicar, en lo que preferimos negar, en lo que vuelve años después convertido en una pregunta.

Si has llegado hasta aquí, puede que no sea casualidad.

Puede que solo hayas entrado en una web.

O puede que una historia haya venido a buscarte.

Recibirás una puerta de entrada a mi universo narrativo. Nada de perseguirte por los pasillos. Para eso ya tenemos bastante con Isabel.